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¿Qué es una hernia discal?

Entre cada vértebra de nuestra columna tenemos un disco intervertebral que forma un amortiguamiento cartilaginoso que permite ligeros movimientos de las vértebras y actúa como un ligamento que las mantiene juntas.

Este disco está formado por:

  • Núcleo pulposo: es la parte central, de tipo gelatinosa. Absorbe fuerzas de compresión entre las vértebras
  • Anillo fibroso: formado por un anillo externo de colágeno, que rodea a una zona más amplia de fibrocartílago, de forma que limita la rotación entre vértebras.

 

En condiciones normales, el proceso normal de desgaste del disco va haciendo que algunas de las fibras que constituyen su “anillo fibroso” vayan perdiendo resistencia y elasticidad, y puedan retraerse o partirse espontáneamente. Cuando eso sucede, parte del contenido gelatinoso del disco o “núcleo pulposo” puede protruir o extravasarse fuera.

La situación más típica en la que se produce una hernia discal, es cuando el paciente se inclina hacia delante con las piernas estiradas, carga peso en sus brazos y se levanta, aumentando la presión en la porción más posterior del disco, hasta que excede de la capacidad de resistencia de la envuelta fibrosa y se produce la hernia discal

Sin embargo, esta situación es la más típica, pero no la más frecuente; la mayoría de las hernias se producen por el proceso paulatino de desgaste de la envuelta fibrosa, y son pocas aquéllas en las que existe un desencadenante claro y único.

En condiciones normales, diversos mecanismos musculares reducen la presión que soporta el disco, pues al contraerse de manera coordinada los distintos grupos musculares reparten y estabilizan la carga. Así, se asume que algunos de los factores que podrían aumentar la probabilidad de que aparezca una hernia o protrusión discal son:

  • Tener una musculatura débil.
  • Estar mucho tiempo sentado, especialmente si no se hace ejercicio –pues eso acelera la atrofia muscular-, o en otras posiciones en los que la parte anterior de la vértebra soporta más carga que la posterior, como al estar muchas horas inclinado.
  • Someterse a vibraciones que afecten al cuerpo, frecuente en tractoristas u operarios de maquinaria industrial, lo que  podría facilitar el desgarro de las fibras del anillo fibroso.
  • Ciertosgenes, probablemente asociados a una menor resistencia de la envuelta fibrosa o que hacen que el disco sea menos resistente ante otros factores.
  • No obstante, el aumento de la probabilidad de padecer una hernia discal que se asocia a cada uno de esos factores es, en general, pequeño y el hecho de que aparezca una hernia discal no significa necesariamente que cause dolor u otras molestias.

Las hernias discales son más frecuentes en la zona cervical y lumbar debido a la mayor movilidad de sus vertebras, existen casos en la zona dorsal pero no es lo habitual.

Síntomas

Si la hernia se produce en un lugar del anillo fibroso en la que no hay nervios y su volumen es suficientemente pequeño como para no comprimir la raíz nerviosa, la hernia puede no causar dolor ni molestias en ningún momento. Por el contrario, si el “núcleo pulposo” se hernia en un lugar en el que sí hay nervios, las sustancias que contiene los excitan y eso desencadena:

  • Dolor en la espalda, en la zona cervical o lumbar en función de dónde se haya producido la hernia, desencadenado por la rotura de la envuelta fibrosa y por la contractura refleja de la musculatura de ese nivel.
  • Dolor irradiado,  al brazo en el caso de protusiones o hernias cervicales y a la pierna en el caso de las lumbares

 

– Diagnóstico

Una hernia sólo causa problemas cuando irrita o comprime una raíz nerviosa. Sólo se puede asumir que la hernia discal es la causa del dolor en aquellos pacientes en los que existen síntomas y signos que demuestran que la raíz nerviosa está siendo irritada o comprimida. Si el paciente no muestra esos síntomas y signos, hay que concluir que en su caso concreto la hernia discal es irrelevante.

Así, lo fundamental para determinar si la protrusión o hernia es la “causa” del dolor, o sólo un “hallazgo casual e irrelevante”, es la anamnesis clínica y la exploración física, que  permite comprobar si existen signos que confirmen esa irritación o compresión, como pérdida de sensibilidad, fuerza o reflejos en los territorios inervados por esa raíz nerviosa, o la aparición de dolor irradiado a la pierna en ciertas maniobras exploratorias, que “estiran” la raíz o aumentan la compresión del disco sobre ella. Maniobras como:

Región cervical: Signo de Spurling, maniobra con la cabeza extendida y rotada hacia el lado sintomático. El signo es positivo si se desencadena dolor con la maniobra.

Región lumbar:

  • Lasegue, elevación de la pierna extendida con el paciente tumbado boca arriba, es positiva si aparece dolor con una angulación menor a 60º
  • Bragard, igual que la de Lasegue pero además con flexión del pie.
  •  Lasegue invertido, con el paciente tumbado boca abajo, se pide, elevación de la pierna.

Si hay síntomas o signos de irritación o compresión, es necesario comprobar que la raíz nerviosa que la exploración física ha identificado como aquélla que está irritada o comprimida coincide con la localización de la hernia o protusión observada en la resonancia magnética.

Por eso, sólo tiene sentido prescribir una RNM por sospecha de hernia discal cuando el interrogatorio y la exploración física reflejan síntomas y signos que sugieren irritación o compresión de una raíz nerviosa, pues en ese caso el resultado de la resonancia magnética puede modificar el tratamiento. En algunos casos puede tener sentido realizar pruebas complementarias neurofisiológicas como electromiogramas o electroneurogramas, que determinan de manera objetiva el estado de las raíces nerviosas. Esas pruebas tienen sentido para complementar y no para sustituir el resultado de la exploración física.

 

Tratamiento fisioterápico

El tratamiento puede ser conservador como el uso de antiinflamatorios, analgésicos, relajantes musculares o reposo en cama. No obstante en la mayoría de los casos se necesita un tratamiento más activo con el uso de técnicas de fisioterapia como son la masoterapia, para el espasmo y contractura muscular; la termoterapia para la vasodilatación y relajación de la zona; la punción seca para el caso de tener activo algún punto gatillo miofascial; los estiramientos o la higiene postural en las actividades de la vida diaria entre otras.

Aparte no estaría indicado realizar deportes de impacto como correr, los que impliquen saltos o se cargue peso en exceso. Serian recomendables ejercicios que trabajen nuestra postura como Pilates o Yoga (siempre supervisados por un fisioterapeuta) y natación.